La terapia individual es un espacio para ti. Un lugar donde poder detenerte, escucharte y comprender mejor lo que estás viviendo.
Puede ser útil cuando sientes ansiedad, tristeza, miedo, bloqueo, confusión, agotamiento emocional, melancolía o dificultades para gestionar determinadas situaciones.
No siempre es necesario saber exactamente qué ocurre antes de pedir ayuda. A veces basta con sentir que algo no fluye, que una parte de ti necesita ser atendida o que necesitas acompañamiento para atravesar un momento vital complejo.
Cada proceso terapéutico es diferente. Por eso, la terapia individual se adapta a la historia, necesidades y ritmo de cada persona. El objetivo no es darte instrucciones cerradas, sino ayudarte a tomar conciencia, reconocer tus recursos y encontrar nuevas formas de responder a lo que te sucede.
Cuando la preocupación, la tensión o la anticipación empiezan a ocupar demasiado espacio.
Cuando aparece apatía, pérdida de sentido, cansancio emocional, vacío o dificultad para conectar con la vida.
Cuando hay vivencias pasadas que siguen afectando al presente, aunque a veces no sea evidente de forma inmediata.
Cuando las relaciones despiertan miedo, dependencia, distancia, inseguridad, necesidad de control o dificultad para confiar.
Cuando determinados miedos limitan tu libertad o condicionan decisiones importantes.
Cuando la relación contigo misma/o está marcada por la crítica, la culpa o la sensación de no ser suficiente.
Cuando necesitas acompañamiento para elaborar pérdidas, separaciones, mudanzas, cambios laborales o nuevas etapas.
El trabajo terapéutico parte de la escucha profunda. No se trata de empujar el proceso, sino de crear las condiciones para que algo pueda moverse de forma natural.
Como decía Fritz Perls, “no empujes el río, fluye solo”. La terapia puede ayudar a retirar algunas piedras del cauce para que la vida vuelva a encontrar movimiento.